«Nos regalaron el parto que nuestra hija necesitaba y merecía»

Si me hubieran preguntado durante mi primer embarazo qué es una matrona, mi respuesta habría sido algo así: es aquella mujer que durante el embarazo me pesa y me toma la tensión, me programa las pruebas a las que debo someterme, me entrega folletos sobre alimentación y cuidados, y me pregunta si se me hinchan las manos o los pies. Es aquella mujer que, durante el parto, me hace preguntas cuando apenas puedo pensar, me realiza tactos para comprobar la dilatación, me rompe la bolsa “para acelerar”, entra de vez en cuando en la habitación para darle un meneíto a la tripa y me indica cómo debo pujar para que el ginecólogo pueda hacer bien su trabajo. Y es esa mujer que en el postparto mira cómo cicatriza la episiotomía y me dice que el útero ya ha subido a su sitio. En mi interior había algo que no encajaba. Yo sabía que una matrona era mucho más que eso. Había leído sobre partos fisiológicos y era consciente de que mi parto tuvo muchas “carencias”, por decirlo suavemente. Fue en mi segundo embarazo cuando, al pensar en volver al hospital, me recorrían escalofríos. Especialmente durante el segundo trimestre. Mi pareja y yo decidimos entonces tener un parto en casa, y fue ahí cuando conocí a un grupo de matronas “salvajes” e “indomables”. Unas mujeres maravillosas que me mostraron aquello que tantas veces había leído en los libros: lo que es realmente una MATRONA, así, en mayúsculas. Nos acompañaron desde el primer día, abordando tanto la parte emocional como la parte más rigurosa, siempre basándose en la evidencia actualizada y dándonos la libertad de decidir con toda la información sobre la mesa (sí, conociendo también los riesgos y las urgencias). Las chicas de Magale —así las llama mi hija mayor— han sido las profesionales que con mayor tacto, cariño y cuidado nos han tratado. Cómo palpaban mi tripa, siempre pidiendo permiso antes de tocar; cómo le hablaban a mi bebé con tanta dulzura. Cómo, sin necesidad de un tacto, de una vía o de un monitor, sabían perfectamente que todo estaba bien. Tengo alguna que otra laguna del parto, pero sí recuerdo con claridad sus palabras de ánimo, siempre desde la distancia, sin invadir ese espacio sagrado. También recuerdo que, en algún momento, se miraron y sonrieron. Yo pensé que estaba gritando demasiado y que aquello solo era el principio de la dilatación, pero en realidad sonreían porque sabían que todo estaba yendo muy deprisa y que pronto conocería a mi hija. Las recuerdo también dándome bebidas con una pajita, preparando infusiones y haciendo dibujos con mi hija mayor. Son tantos los detalles que marcan la diferencia… Algunos son evidentes, pero otros pasan desapercibidos, como usar un simple cordón en vez de una pinza aparatosa para pinzar el cordón umbilical. Gracias a cada detalle, nuestro parto fue salvaje pero consciente, incluso gozoso al final. Mi hija pudo moverse y hacer su trabajo como una campeona, hasta salir disparada. Yo tuve un desgarro, sí, pero decidí no ponerme puntos y, casualidad o no, la recuperación ha sido mucho más rápida que cuando me los pusieron con la episiotomía. La lactancia se ha establecido de forma natural, sencilla, sin ingurgitaciones, sin dolor y con la calma que da estar en casa desde el minuto cero. Mi hija mayor recuerda ese día con alegría; tanto, que no para de ver el vídeo de la llegada de su hermanita. Para ella es algo natural. El papá pudo ser el pilar que yo necesitaba durante todo el proceso, y pudo serlo porque no tuvo que estar a la defensiva con nadie, porque nadie pasó por encima de nuestros deseos y necesidades. Y yo… aunque he tenido unos días en los que recordaba mi parto con nostalgia, ahora se me llena la boca de orgullo cada vez que digo que pude parir en casa, en familia. Todo esto —y mucho más de lo que ha significado para nosotros este nacimiento— no tiene precio.

Nos regalaron el parto que nuestra hija necesitaba y merecía. Ni en nuestros mejores sueños podíamos imaginarnos un nacimiento tan tranquilo, tan rápido y, sobre todo, tan a salvo. Pudimos disfrutar de nuestros tiempos, del reflejo de eyección fetal, de un alumbramiento natural y hasta de ratitos de risas. Nuestra hija mayor tuvo la oportunidad de ver nacer a su hermana mientras desayunaba tranquilamente. Fue un parto donde solo había amor, respeto y calma. No hubo tactos, no me rompieron la bolsa, nadie me dijo lo que tenía que hacer. Pero, sobre todo, no hubo miedo. Podría escribir mucho más, porque me siento profundamente agradecida y orgullosa de nuestro parto, pero lo voy a dejar en un GRACIAS. Como os dijimos, siempre formaréis parte de nuestra familia: de la historia de nacimiento de nuestra segunda hija y del sanamiento de la primera. Gracias por enseñarnos el verdadero poder de las matronas.