¿Y si seguridad no fuera intervenir más?

Hay una noticia que llevamos unos días dando vueltas.

En Turquía, más de 100 ginecólogos han sido sancionados por sus tasas de cesáreas. Algunos incluso han recibido una suspensión de seis meses para ejercer.

Turquía lleva años intentando reducir una tasa de cesáreas extraordinariamente elevada y ha decidido utilizar, entre otras medidas, la sanción.

Y entendemos la preocupación que hay detrás.

Cuando una intervención que debería responder a una necesidad médica se convierte en algo demasiado frecuente, tenemos que preguntarnos qué está pasando.

Pero hay algo que nos inquieta.

Una cesárea no es un número.

Detrás de cada cesárea hay una mujer.

Un bebé.

Un embarazo concreto.

Una historia.

Un momento determinado.

Una decisión tomada en unas circunstancias que nunca son exactamente iguales a las de otra mujer.

Y detrás de cada parto vaginal también.

Por eso nos cuesta pensar que el objetivo pueda ser simplemente conseguir un determinado porcentaje de partos vaginales.

Porque si empezamos a sancionar a quien hace demasiadas cesáreas sin preguntarnos por qué las hace, podemos conseguir que cambien los números sin conseguir que cambie aquello que realmente importa.

¿Por qué se interviene?

Hay cesáreas necesarias. Cesáreas que salvan vidas. Cesáreas que no deberían haberse evitado.

Pero también sabemos que hay muchas cosas que pueden hacer que una cesárea sea más probable.

El miedo al parto.

Una inducción.

Una cadena de intervenciones que empieza mucho antes de entrar en quirófano.

Un protocolo.

La organización de un servicio.

La disponibilidad de un quirófano.

El tiempo del que dispone un profesional.

La medicina defensiva.

La formación.

Las preferencias de quien acompaña.

Las preferencias de la propia mujer.

Y también los incentivos económicos y organizativos de cada sistema.

No hace falta imaginar una conspiración.

A veces basta con mirar cómo está organizado el lugar en el que damos a luz.

Porque la medicina no ocurre en un vacío.

Ocurre dentro de sistemas.

Y esto no pasa solamente en Turquía.

También en España encontramos diferencias importantes entre los modelos de atención y entre la sanidad pública y la privada. El propio Ministerio de Sanidad reconoce que existen factores no clínicos que pueden contribuir a las diferencias en las tasas de cesáreas.

Entonces aparece una pregunta incómoda:

Si intervenimos cada vez más, ¿por qué no mejoran siempre los resultados en la misma proporción?

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Nos fuimos hasta Reino Unido

Y aquí aparece otro ejemplo que nos parece especialmente interesante.

Durante décadas, Reino Unido fue uno de los grandes referentes en atención al parto centrada en la mujer.

Matronas.

Continuidad.

Unidades lideradas por matronas.

Parto fisiológico.

Decisiones compartidas.

Individualización.

Un modelo que muchas hemos mirado desde fuera como una referencia.

Y, sin embargo, en los últimos años Reino Unido está viviendo un aumento enorme de las intervenciones obstétricas.

Cada vez más inducciones.

Cada vez más cesáreas.

Cada vez menos partos vaginales espontáneos.

En el Congreso Internacional de Matronas de Lisboa escuchamos a varias matronas británicas hablar de esto con una preocupación enorme.

Una de ellas dijo algo que se nos quedó grabado:

“Si esto estuviera mejorando realmente los resultados para las mujeres y los bebés, seríamos las primeras en defenderlo.”

Y es que quizá aquí haya una cuestión mucho más profunda.

Vivimos en una época en la que nos cuesta muchísimo tolerar la incertidumbre.

Queremos saber.

Medir.

Calcular.

Predecir.

Anticiparnos.

Queremos saber qué puede salir mal antes de que ocurra.

Y, poco a poco, podemos acabar confundiendo riesgo con problema.

Una mujer está sana.

Su bebé está sano.

Pero existe un factor que estadísticamente aumenta determinado riesgo.

Y, de repente, ese embarazo empieza a gestionarse como si el problema ya estuviera ahí.

La intervención empieza a parecer la opción responsable.

Y esperar necesita una explicación.

Necesita justificarse.

Necesita defenderse.

Y nosotras nos preguntamos:

¿En qué momento hemos cambiado tanto nuestra relación con la incertidumbre que esperar ha empezado a parecernos más peligroso que intervenir?

Porque intervenir también tiene riesgos.

Una inducción tiene riesgos.

Una cesárea tiene riesgos.

Un parto instrumental tiene riesgos.

Y esperar también.

No existe un camino sin riesgo.

La medicina debería ayudarnos a mirar esos riesgos de frente.

No a esconder unos para sentirnos más seguros con otros.

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Quizá hemos aprendido una sola lección

Reino Unido ha vivido algunos de los escándalos de maternidad más graves de las últimas décadas: Shrewsbury, East Kent, Nottingham…

Cuando una mujer o un bebé muere porque no se escuchó una señal que podía haber indicado que algo no iba bien, es lógico que queramos que el sistema aprenda.

Que no vuelva a pasar.

Que nadie vuelva a mirar hacia otro lado.

Pero existe un peligro cuando aprendemos desde el miedo.

Que la única conclusión sea:

“Tenemos que intervenir antes.”

Y quizá no sea suficiente.

Porque cuando ocurren fallos una y otra vez, en distintos hospitales y durante años, quizá no podamos mirar solamente a las personas que estaban allí.

Tenemos que mirar también al sistema.

Cuántos profesionales había.

Qué condiciones de trabajo tenían.

Qué recursos faltaban.

Qué carga soportaban.

Cómo estaban organizados los servicios.

Qué decisiones políticas habían llevado hasta allí.

Porque cuando falla una persona puede haber un error.

Pero cuando fallan muchas personas, muchas veces y en muchos lugares…

quizá también tengamos que mirar al sistema que las sostiene.

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Y esto también nos toca a nosotras

Porque todo esto no ocurre solamente dentro de un hospital.

Vivimos en una sociedad que tolera cada vez menos la incertidumbre.

Queremos garantías.

Queremos certezas.

Queremos saber que hemos hecho todo lo posible.

Y cuando hablamos de embarazo y parto, esto se multiplica.

Porque hay algo que está en juego que nos importa muchísimo.

Nuestro bebé.

Y el miedo es un terreno muy fácil para tomar decisiones.

Si existe una posibilidad, aunque sea pequeña, de que algo salga mal, ¿cómo vamos a atrevernos a esperar?

Pero aquí hay algo que no deberíamos olvidar:

hacer algo no siempre significa hacer más.

Y no hacer una intervención no significa no hacer nada.

A veces significa observar.

Estar.

Escuchar.

Esperar.

Volver a valorar.

Estar preparadas para intervenir si hace falta.

Y, mientras tanto, permitir que la fisiología haga su trabajo.

Eso también es cuidado.

Eso también es medicina.

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No creemos que la alternativa a una atención negligente sea una atención cada vez más intervencionista.

Ni creemos que haya que elegir entre tecnología y fisiología.

La medicina ha conseguido cosas maravillosas.

Hay intervenciones que salvan vidas y que queremos tener disponibles cuando realmente hacen falta.

El reto está en algo mucho más difícil:

saber cuándo hacen falta.

Y tener la serenidad, la formación y el tiempo necesarios para no utilizarlas simplemente porque podemos.

Quizá necesitemos una atención más presente.

Más individualizada.

Con más continuidad.

Con profesionales que conozcan a las mujeres que acompañan.

Con tiempo para observar.

Con capacidad para distinguir entre un riesgo real que requiere actuar y un riesgo estadístico que no necesariamente necesita una intervención inmediata.

Y, sobre todo, necesitamos recuperar una idea que parece sencilla, pero que quizá estemos perdiendo:

una mujer sana que está dando a luz sigue siendo una persona sana mientras no exista un problema que indique lo contrario.

No necesitamos conseguir un determinado número de partos vaginales.

Ni reducir cesáreas a cualquier precio.

Necesitamos que cada mujer reciba la atención que necesita y ninguna intervención que no necesita.

Y quizá esa sea una definición mucho más exigente de seguridad.

Porque la seguridad no debería consistir en intervenir siempre por si acaso.

Debería consistir en saber cuándo intervenir.

Y también en saber cuándo no hacerlo.

Estar cuando hace falta actuar.
Y estar cuando lo que hace falta es esperar.

Quizá ahí esté una parte de la verdadera medicina.

FORMACIONES 

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Y seguimos compartiendo lo que sabemos

Hay otra cosa que nos hace especial ilusión contaros este mes.

En noviembre comenzamos la segunda edición de nuestra formación para matronas en Atención al Parto Domiciliario.

La primera edición fue una experiencia preciosa.

Nos permitió encontrarnos con matronas con muchas ganas de aprender, de compartir, de hacerse preguntas y, sobre todo, de mirar juntas el nacimiento desde otro lugar.

Porque esta formación no nació solamente para enseñar cómo asistir un parto en casa.

Nació de algo mucho más profundo: de los años de experiencia acompañando nacimientos, de todo lo que hemos aprendido de las mujeres y las familias, de nuestros propios aciertos y errores, y de la convicción de que el conocimiento no debería ser exclusivo.

Lo que aprendemos acompañando también merece ser compartido.

Queremos seguir construyendo una forma de acompañar el nacimiento que combine evidencia, experiencia, seguridad, fisiología y, sobre todo, respeto por cada mujer y cada proceso.

Después de la primera edición, volvemos con muchísimas ganas.

Con ganas de encontrarnos.

De compartir.

De debatir.

De aprender también nosotras.

Y de seguir haciendo crecer una forma de entender la profesión que creemos que merece ocupar un lugar cada vez más importante.

Para esta segunda edición quedan únicamente 2 plazas.

Toda la información sobre la formación y el programa está disponible en nuestra web.

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Y si estás embarazada, también tenemos novedades para ti 🤍

En diciembre abriremos los nuevos grupos de preparación al parto semanal para las familias que tengan su fecha probable de parto en febrero y marzo.

Son diez encuentros semanales en los que trabajamos mucho más que “cómo parir”.

Hablamos de fisiología, movimiento, pelvis, posiciones, dolor, miedo, emociones, plan de parto, papel de la pareja, posparto, lactancia y todas esas dudas que van apareciendo durante el embarazo.

Siempre desde una mirada integral y acompañadas por nuestro equipo de matronas, fisioterapeuta y psicóloga perinatal.

Y para quienes tenéis menos tiempo o el parto está ya muy cerca, en diciembre también abriremos las plazas para nuestrointensivo de preparación al parto.

Un día entero para parar, prepararos juntas y llevaros herramientas muy prácticas para el nacimiento: movimiento, posiciones, dolor, miedo, fisiología, recursos para el parto y el papel de la pareja, terminando con un pequeño simulacro para integrar todo lo aprendido.

El intensivo está pensado especialmente para las familias que tienen previsto dar a luz en los próximos dos meses y necesitan una preparación concentrada, pero profunda.

Porque preparar un parto no consiste en aprender a hacerlo “bien”.

Consiste en llegar a ese momento con más información, más recursos, más confianza y más capacidad para tomar decisiones.

Y, sobre todo, sabiendo que no tenéis que hacerlo solas.